Por qué el remedio más antiguo contra el agotamiento no consiste en nada más que en dar un paso tras otro

Por Claire, cofundadora de Camino Pilgrim


No eres vago. No eres débil. No eres alguien que no sepa soportar la presión. Simplemente te sientes vacío, y por más trucos de productividad, rutinas matutinas o mañanas de descanso que pruebes, nada parece devolverte las energías.

Si esto te suena familiar, no eres el único. Pero la solución podría ser más sencilla —y más antigua— que cualquier cosa que te ofrezca tu aplicación de bienestar.


El problema de parar

La mayoría de los consejos sobre el agotamiento te dicen que pares. Que te tomes un respiro. Que desconectes. Y, aunque el descanso tiene su importancia, hay una razón por la que tanta gente vuelve de las vacaciones sintiéndose solo un poco mejor que cuando se fue. Una semana de descanso pasivo, tumbado junto a la piscina, navegando por el móvil en una tumbona, viendo cómo pasan los días, puede parecer como poner una tirita sobre algo que necesita un tratamiento adecuado.

El agotamiento no es solo cansancio físico. Es lo que ocurre cuando la brecha entre las exigencias a las que se ve sometida tu mente y su capacidad para satisfacerlas se vuelve insostenible con el paso del tiempo. Tu sistema nervioso no se recupera de eso sin hacer nada. Se recupera haciendo algo diferente, algo rítmico, con un propósito y despojado de la complejidad que lo agotó en primer lugar.

Ahí es donde entra en juego el hecho de caminar.


¿Qué le ocurre al cerebro cuando caminas durante días?

Cuando caminas durante varias horas seguidas, día tras día, se produce un cambio que ningún fin de semana en un spa ni ningún retiro de meditación puede igualar. El ritmo repetitivo y de bajo impacto de la marcha activa el sistema nervioso parasimpático, la rama responsable del descanso, la digestión y la recuperación. Para cualquiera que haya pasado meses o años en un estado de estrés crónico, esto no es solo agradable. Es fisiológicamente reparador.

También está la cuestión de la carga cognitiva. En una caminata larga, tu capacidad para tomar decisiones se reduce prácticamente a nada. Qué camino tomar. Dónde parar a comer. Si te pones otra prenda de ropa. Eso es todo. Para una mente acostumbrada a gestionar veinte prioridades que compiten entre sí antes de las 9 de la mañana, esa sencillez no es aburrimiento, es un alivio. Un alivio profundo, casi desorientador.

El tiempo mismo cambia. Las horas se vuelven más intensas, más lentas, con más matices. Una semana caminando puede parecer más intensa que un mes pasado delante de una pantalla, no porque sucedan más cosas, sino porque realmente estás presente en lo que ocurre.

Y luego está el paisaje. El contacto con entornos naturales, sobre todo con el campo abierto, los bosques y la costa, reduce de forma cuantificable los niveles de cortisol. No se trata de una metáfora poética, sino de una respuesta fisiológica documentada. El cuerpo sabe que se encuentra en un lugar seguro. Empieza a relajarse.

La distancia consigue algo que la quietud no puede

Hay algo que suele sorprender a la gente tras su primer paseo largo: los problemas que parecían insuperables empiezan a verse de otra manera. No porque los hayas resuelto, sino porque la distancia física respecto a tu entorno habitual crea una especie de «altitud psicológica». Puedes ver las cosas con más claridad cuando no estás en medio de ellas.

Esta es una de las razones por las que la gente lleva siglos recorriendo largas distancias a pie, mucho antes de que existiera un marco clínico para el agotamiento laboral. El hecho de caminar hacia algún lugar, en lugar de limitarse a llegar, cambia tu relación con el lugar del que vienes. Te vas poco a poco. Llegas poco a poco. La transición hay que ganársela, y eso la hace real.


¿Por qué precisamente el Camino?

Las rutas del Camino de Santiago se han recorrido durante más de mil años, y no principalmente por devotos religiosos. Las han recorrido personas que necesitaban pensar, hacer el duelo, empezar de nuevo, recordar quiénes eran antes de que el mundo se volviera tan ruidoso. Los motivos han cambiado a lo largo de los siglos. La utilidad de este acto, no.

El Camino Portugués, la ruta que serpentea hacia el norte desde Oporto a través de antiguas localidades comerciales, bordeando la costa atlántica y atravesando los verdes valles fluviales del Miño, ofrece algo especial. Es lo suficientemente exigente como para resultar cautivador, pero lo suficientemente suave como para ser accesible. No hace falta ser un atleta. Solo hay que estar dispuesto a levantarse cada mañana y ponerse a caminar.

La estructura de un viaje guiado por el Camino tiene otra ventaja importante para las personas que se están recuperando del agotamiento: elimina por completo la carga que supone la planificación. El alojamiento está organizado. El equipaje se traslada por adelantado. La ruta está clara. Tu única tarea es caminar y darte cuenta, poco a poco, de que empiezas a sentirte tú mismo de nuevo.

También está la comunidad. Caminas junto a otras personas, pero a tu propio ritmo. Las conversaciones surgen de forma natural, sin ningún plan preestablecido. Te darás cuenta de que hablas con sinceridad con desconocidos, algo que rara vez ocurre en casa, en parte porque el contexto elimina las barreras sociales habituales y, en parte, porque todos los que están en el camino se encuentran, de alguna manera, inmersos en algo.


Esto no son unas vacaciones. ¡Es un reinicio!

La palabra «vacaciones» sugiere una pausa temporal. Lo que ofrece un viaje a pie es algo más estructural: un reajuste. Llegas con el organismo agotado y te vas con los primeros indicios de uno reconstruido. No porque haya ocurrido nada mágico, sino porque has movido el cuerpo por paisajes hermosos, has dormido profundamente por un cansancio genuino, has comido bien, has hablado con sinceridad y le has dado a tu mente el raro regalo de una única y sencilla tarea repetida durante varios días.

No hace falta que haya una crisis para justificarlo. No hace falta que te hayas topado con un muro. Pero si es así, si llevas más tiempo del que parece razonable funcionando a base de fuerza de voluntad, entonces ninguna aplicación, ningún suplemento ni ningún retiro de fin de semana te va a aportar lo mismo que cinco días recorriendo el Camino Portugués.

Solo tienes que empezar.

¡Buen camino!


Camino Pilgrim ofrece viajes guiados a pie en grupos reducidos y recorridos autoguiados por el Camino Portugués. Con sede en Portugal, nos especializamos en viajes cuidadosamente planificados para viajeros que desean recorrer el camino con confianza y volver a casa transformados.

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